miércoles, 30 de abril de 2008

¿HAY AGUA?

En la actualidad se tiende a catalogar a los jóvenes como una generación sin ideales, conformistas, ilusos. Y yo no estoy de acuerdo.

No somos conformistas. Me viene a la memoria un anuncio de televisión en el que una entidad bancaria promocionaba su obra social. Salían jóvenes que, “aparentemente” (como decía una voz en off), no hacían nada por los demás. Pero, enseguida, ese mismo chico que escuchaba música soltaba los cascos para ayudar a una embarazada; aquella joven con rastas se daba la vuelta para dirigirse a la mesa en la que jugaban niños enfermos; el otro empujaba a un anciano en silla de ruedas… Me gustó mucho ese spot: era una especie de denuncia, un bofetón dirigido a aquellas personas que creen que los jóvenes, “aparentemente”, no tenemos nada que hacer.

Hace pocos días, una amiga me decía que “lo importante de la vida es decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión, y vivir lo que decimos con el corazón”. Resulta curioso ver cómo en una frase tan breve se puede resumir todo un programa de vida. Porque ser espontáneo no está reñido con ser reflexivo. La espontaneidad no es decir lo primero que a uno se le viene a la cabeza; lo identifico, más bien, con la naturalidad y la sencillez. Y la reflexión no es ir con un libro permanentemente bajo el brazo sin hacer nada más, como algunos opinan; la persona reflexiva es aquella que pondera todas las posibilidades y actúa consecuentemente con sus decisiones.

De la misma manera, lo que se vive y lo que se dice no tienen por qué ser opuestos: al contrario, deben identificarse. Decir la verdad es “una honda aspiración a que la veracidad y la transparencia presidan siempre todas nuestras relaciones y la organización misma de la sociedad”[1]. Por tanto, si la verdad no se aplica a la vida de cada uno no tiene ningún sentido.

Pertenezco a una generación que, en el fondo, busca siempre la verdad, aunque a veces haya personas que se queden en la superficie. Me gusta comparar la vida humana con un yacimiento arqueológico. Al principio sólo hay tierra, arena, polvo. Hace falta excavar. Y de pronto, un día, se encuentra un arcón viejo y oxidado con objetos de incalculable valor en su interior, lo que demuestra que la investigación va por buen camino. Pues la vida es igual. En nuestro día a día parece que no hay nada extraordinario, e incluso “olvidamos las pequeñas alegrías por lograr la gran felicidad”[2], como dice la canción. Pero llega un momento en el que se aprende a ver un poco más allá, se encuentra el tesoro. Y es cada uno quien debe descubrir qué contiene ese arcón.

Los jóvenes no hemos perdido la ilusión. Puede que, simplemente, nos la hayan quitado, o no nos dejen verla, o se empeñen en disuadirnos de la idea de buscarla. Se nos tacha de ser personas que no nos mojamos; pero, ¿cómo vamos a hacerlo, si nos impiden llegar hasta el agua?

El general estadounidense Douglas McArthur dijo una vez: “Nadie envejece sólo por vivir muchos años. Tú eres tan joven como tu fe, tan viejo como tus dudas; tan joven como tu confianza, tan viejo como tu miedo; tan joven como tu esperanza, tan viejo como tu desesperanza”. Lo característico de la juventud es la fe, la esperanza, la confianza. Somos personas que ya hemos vivido muchas cosas, pero nos quedan todavía más por experimentar: estamos entre la ingenuidad del niño y la desconfianza de ese adulto que cree que ya no le queda nada nuevo por ver.

Una vez oí decir a un profesor que quien está de vuelta de todo ya no aprende, porque ha perdido la capacidad de asombrarse ante lo novedoso[3]. Y me niego a pensar que estoy rodeada de personas que ya no pueden aprender. “La búsqueda de la verdad (…) está marcada de ordinario por la tenacidad o persistencia que no se conforma con un resultado cualquiera”[4]. Nosotros somos, como no se cansan de decirnos, el futuro de la sociedad; y ese futuro debe estar determinado por la permanente aspiración a hallar lo mejor y poder transmitírselo a los demás.





[1]J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p.100.
[2]A. Ubago, Fantasía o realidad, 2003.

[3]Cfr. R. Alvira.

[4]J. Nubiola, El taller de la filosofía, p. 109.

EMPEZAMOS...

Supongo que debería empezar este blog con una entrada alucinante, de esas que hacen que a todo el mundo quiera entrar a diario… o también podría dar el pistoletazo de salida con una frase impresionante, de las que te hacen pensar durante un buen rato y marcan todo lo que escriba después… pero no voy a hacer nada de eso. Puede que parezca poco original, pero prefiero que lo primero que leáis sea una presentación.

Soy Macarena Villalobos (aunque eso ya aparezca ahí, en el margen), y estoy en el primer curso de Filosofía. Sí, formo parte de esa extraña panda de colgados que están dispuestos a tirarse cuatro años de su vida dedicándose a… ¿a qué nos dedicamos? Aún no lo tengo muy claro, pero el caso es que me encanta.

La razón de ser de este blog viene de lejos. Ya hacía tiempo que quería tener uno, pero la excusa perfecta ha venido de la mano de una asignatura, en la que el profesor pide como posible trabajo la apertura de un blog, así que aquí estamos.

¿Por qué vadea el escollo? Podría dar muchos “porques”: porque otros nombres que me gustaban no estaban disponibles, porque estoy lejos del mar y lo echo un montón de menos, porque la palabra escollo siempre me ha llamado la atención… Pero, sobre todo, porque todos nos encontramos con dificultades que nos parecen inmensas vista desde nuestro barco, y tenemos la impresión de que no podemos superarlas; pero al final vemos que en el barco hay una tripulación que, trabajando en equipo, hace que cualquier tipo de escollo se pueda vadear.