En la actualidad se tiende a catalogar a los jóvenes como una generación sin ideales, conformistas, ilusos. Y yo no estoy de acuerdo.
No somos conformistas. Me viene a la memoria un anuncio de televisión en el que una entidad bancaria promocionaba su obra social. Salían jóvenes que, “aparentemente” (como decía una voz en off), no hacían nada por los demás. Pero, enseguida, ese mismo chico que escuchaba música soltaba los cascos para ayudar a una embarazada; aquella joven con rastas se daba la vuelta para dirigirse a la mesa en la que jugaban niños enfermos; el otro empujaba a un anciano en silla de ruedas… Me gustó mucho ese spot: era una especie de denuncia, un bofetón dirigido a aquellas personas que creen que los jóvenes, “aparentemente”, no tenemos nada que hacer.
Hace pocos días, una amiga me decía que “lo importante de la vida es decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión, y vivir lo que decimos con el corazón”. Resulta curioso ver cómo en una frase tan breve se puede resumir todo un programa de vida. Porque ser espontáneo no está reñido con ser reflexivo. La espontaneidad no es decir lo primero que a uno se le viene a la cabeza; lo identifico, más bien, con la naturalidad y la sencillez. Y la reflexión no es ir con un libro permanentemente bajo el brazo sin hacer nada más, como algunos opinan; la persona reflexiva es aquella que pondera todas las posibilidades y actúa consecuentemente con sus decisiones.
De la misma manera, lo que se vive y lo que se dice no tienen por qué ser opuestos: al contrario, deben identificarse. Decir la verdad es “una honda aspiración a que la veracidad y la transparencia presidan siempre todas nuestras relaciones y la organización misma de la sociedad”[1]. Por tanto, si la verdad no se aplica a la vida de cada uno no tiene ningún sentido.
Pertenezco a una generación que, en el fondo, busca siempre la verdad, aunque a veces haya personas que se queden en la superficie. Me gusta comparar la vida humana con un yacimiento arqueológico. Al principio sólo hay tierra, arena, polvo. Hace falta excavar. Y de pronto, un día, se encuentra un arcón viejo y oxidado con objetos de incalculable valor en su interior, lo que demuestra que la investigación va por buen camino. Pues la vida es igual. En nuestro día a día parece que no hay nada extraordinario, e incluso “olvidamos las pequeñas alegrías por lograr la gran felicidad”[2], como dice la canción. Pero llega un momento en el que se aprende a ver un poco más allá, se encuentra el tesoro. Y es cada uno quien debe descubrir qué contiene ese arcón.
Los jóvenes no hemos perdido la ilusión. Puede que, simplemente, nos la hayan quitado, o no nos dejen verla, o se empeñen en disuadirnos de la idea de buscarla. Se nos tacha de ser personas que no nos mojamos; pero, ¿cómo vamos a hacerlo, si nos impiden llegar hasta el agua?
El general estadounidense Douglas McArthur dijo una vez: “Nadie envejece sólo por vivir muchos años. Tú eres tan joven como tu fe, tan viejo como tus dudas; tan joven como tu confianza, tan viejo como tu miedo; tan joven como tu esperanza, tan viejo como tu desesperanza”. Lo característico de la juventud es la fe, la esperanza, la confianza. Somos personas que ya hemos vivido muchas cosas, pero nos quedan todavía más por experimentar: estamos entre la ingenuidad del niño y la desconfianza de ese adulto que cree que ya no le queda nada nuevo por ver.
Una vez oí decir a un profesor que quien está de vuelta de todo ya no aprende, porque ha perdido la capacidad de asombrarse ante lo novedoso[3]. Y me niego a pensar que estoy rodeada de personas que ya no pueden aprender. “La búsqueda de la verdad (…) está marcada de ordinario por la tenacidad o persistencia que no se conforma con un resultado cualquiera”[4]. Nosotros somos, como no se cansan de decirnos, el futuro de la sociedad; y ese futuro debe estar determinado por la permanente aspiración a hallar lo mejor y poder transmitírselo a los demás.
[1]J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p.100.
[2]A. Ubago, Fantasía o realidad, 2003.
[3]Cfr. R. Alvira.
[4]J. Nubiola, El taller de la filosofía, p. 109.