
Resulta curiosa la noción que los niños tienen del futuro. Es fácil imaginarse la siguiente escena: entra un adulto en una clase de segundo de Primaria y pregunta a los alumnos qué quieren ser de mayores. Me atrevo a presuponer que la mayoría de las respuestas serán similares: futbolista, bombero, policía, bailarina, enfermera, piloto… Otro grupo, conformado por niños claramente influenciados por sus padres, preferirán ser abogados, empresarios o economistas, aunque ni siquiera tengan claro el significado de esas profesiones. No es extraño que a su contestación añadan, con cara seria, una frase que hace que a sus padres, materialmente, se les caiga la baba: “Yo quiero ser inginiero, como papá”.
Pero siempre existen excepciones. Esta misma escena tuvo lugar en mi clase cuando tenía ocho años. Cuando le llegó el turno a una compañera, dijo: “Yo de mayor quiero ser un ratón de biblioteca”. Cero que en ese momento no fui capaz de entender lo que significaba, pero el hecho es que me llamó la atención (prueba de ello es que aún me acuerdo). A la vuelta de los años, me he dado cuenta de lo que esa niña realmente deseaba: leer, leer sin parar durante horas, sin molestias de ningún tipo.
Hay gente con una extraordinaria capacidad de concentración. Son esas personas que, cuando leen un libro, no se enteran de nada más, y se les pasan las horas sin que ellas se den cuenta, como le ocurría a la protagonista de La Bella y la Bestia (“cuando lee no se acuerda de comer” , decían de ella). Pero para que existan personas así, un requisito previo es que haya libros que puedan absorber toda la atención del lector, obligándoles a olvidarse de todo lo que ocurre a su alrededor. Y para ello, resultan indispensables los buenos escritores.
La sabiduría popular suele dar grandes consejos en todos los ámbitos, y el del aprendizaje en la escritura no es una excepción. A andar en bici se aprende andando en bici; pues a escribir se aprende escribiendo. Se pueden seguir muchas pautas, y serán bienvenidas todas las sugerencias. Pero lo que más me ha llamado la atención de este capítulo de El taller de la filosofía es la reflexión acerca del orden y su influencia en la escritura.
El orden es un valor que no está de moda entre las nuevas generaciones. Es muy frecuente encontrar adolescentes que, orgullosamente, afirman que su habitación está hecha un desastre, por lo que su madre ha decidido no poner un pie en ella hasta que la ordene (cosa que, por supuesto, no hará). No obstante, el orden material no deja de ser una manifestación del orden mental o interno. Resulta inviable que uno tenga organizadas las cosas que le rodean si su cabeza es el paradigma del caos. No es necesario que nuestra mente sea como el interior de un ordenador, en donde todo tiene su clave de acceso, pero tampoco podemos permitir que la ausencia de un orden de valores repercuta negativamente en los que están a nuestro alrededor. Como en todos los casos, “in medio virtus”, ya que debemos ser organizados sabiendo “huir de la complicación” .
La cuestión es que el orden o el desorden de cada uno ejercen una fuerte influencia en la vida de los demás. Hace más de dos meses tuve la oportunidad de acudir a una lección magistral en la que se hablaba de la familia y su función en el ambiente actual. El conferenciante insistió mucho en el papel del matrimonio como base de la familia y, por extensión, de la sociedad en su totalidad. Cabe resaltar una idea que, aunque parezca sacada de contexto, pues hablaba de la relación entre el marido y la mujer, se puede extender a cualquier ámbito, ya que está unida a ese orden de prioridades que toda persona ha de tener claro: “primero, tú; después, tú; y después, nada”.