Es grande. Inmenso. Por mucho que lo mires, nunca podrás abarcarlo del todo, porque te supera. Muchas veces nos ceñimos a lo que pasa aquí fuera, sin pararnos a pensar que debajo de él hay vida, muchísima vida. No en vano ocupa más de la mitad de nuestro planeta. Miles de animales, de plantas, de bichejos de todo tipo se mueven en sus aguas, ajenos a todo lo que ocurre en esa parte del mundo en la que hay aire. Es verde. Y negro. Y gris. Y morado. Y marrón. Y a veces es hasta rojo. Pero, sobre todo, es azul. Por ahí se dice que sus cambios de color se deben a que refleja el color del cielo. Pero yo no me lo creo. Prefiero pensar que el mar tiene vida propia, y según tenga el día, se viste de un modo o de otro. Como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, que defendía la existencia de los días rojos, esos en los que “de repente tienes miedo, y no sabes por qué”.
El mar impone, eso es cierto. Da miedo porque es desconocido, porque no podemos explicar todo lo que pasa en él, simplemente, porque no lo vemos. Cuando eres pequeño y vas a la playa, los mayores no te dejan ir a las rocas, porque una ola te puede lanzar contra ellas, y eso es peligroso. Pero al crecer te das cuenta de que las rocas no hacen daño, pues no dejan de ser el “suelo del agua”.
El auténtico temor se pasa cuando descarga toda su furia. Porque el mar es un caballero refinado que sabe defender lo que de él depende. Cuando superas los límites que ha marcado, decide reconquistar su territorio, y te expulsa, aunque para ello no emplee buenas maneras. Y te lanza esas olas inmensas que estremecen al más viejo lobo de mar.
Siempre he querido vivir cerca del mar.
Por eso ahora lo echo de menos.