viernes, 31 de octubre de 2008
GRACIAS
Por eso saldremos adelante, con más fuerza que antes.
Gracias a todos los que, con su esfuerzo, han conseguido que hoy vuelva a ser un día normal.
miércoles, 15 de octubre de 2008
PERSONAS
“Personas serenas, tranquilas, capaces de transmitir paz a todo su entorno con independencia de lo que esté sucediendo.
Personas que, por su actividad, traen de cabeza a todo el mundo, pero que son el motor de la vida diaria, la eficacia que se necesita, y que hasta tienen tiempo de competir en un equipo de fútbol.
Personas de gran sensibilidad, que quizás requieren más atención, pero que aportan la ternura y el cariño que todos demandamos en algún momento.Personas que suponen un descanso por su permanente buen humor, su facilidad de carácter y su buen conformar.
Personas que son el apoyo y la compañía en momentos buenos y malos, a veces con su capacidad de análisis sereno, a veces con su alegría desbordante y contagiosa.
Personas que aportan el componente de infancia que tanto enriquece.
Y todos aprendemos a no exigir que el otro se comporte como yo, igual que el otro no exige que me comporte como él.
Y todos notamos sus ausencias.”
(Tomado de R. González, De la resistencia a la rebeldía, 2008)
viernes, 10 de octubre de 2008
La de Letras... en el mundo al revés
La cruda realidad es
que esto de estudiar Filosofía no lleva en mi cabeza desde pequeña. Qué va. De hecho, con diez años quería tener una tienda de telas y de hilos; con doce, mi ilusión era ser astronauta; a los quince años, lo mío era estudiar Matemáticas; con la llegada del Bachillerato, la realidad se impuso y me metí por Letras para hacer la carrera de Traducción e Interpretación. Pero un señor llamado Epicuro apareció en mi libro de Filosofía. Empecé a discutir con él, y por eso estoy aquí hoy.Me picó el gusano de la Filosofía sin que yo me diese cuenta. Así que tiré todos los folletos informativos de carreras que tenía guardados en el cajón y me vine a estudiar con los grandes.
Puede parecer una decisión poco meditada, pero creo que en el fondo siempre me ha gustado eso. Tal vez, por eso, no dejaba que me engañasen con el socorrido argumento de “¡estamos en el mundo al revés!” tan repetido por los niños cuando algo no les gusta. Creo que es uno de los primeros razonamientos completos que le he hecho a mi hermana: si estamos en el mundo a revés, y tú dices que esto es el mundo al revés, entonces estamos otra vez en el mundo al derecho, así que no vale para nada que me digas que estamos en el mundo al revés. Su respuesta no es difícil de adivinar: “esta niña… cómo se nota que es de Letras…”.
jueves, 12 de junio de 2008
CRECER Y SER GRANDE

“No quiero hacerme grande y traicionar un sueño (…). Creceré, pero no me haré grande. Es lo que hay”.
Así dice una canción. Y así piensa mucha gente. O no lo piensa, pero vive de esa forma. Parece más fácil seguir siendo un niño, no enfrentarse con las responsabilidades propias del mundo de los adultos. Pero yo no lo veo de esa forma.
Ser un niño es muy complicado. No conozco a nadie que sea más coherente que los niños. Hoy en día, actuar de acuerdo con el propio pensamiento no es nada sencillo. Por todos lados le bombardean a uno con mensajes que no promuevan precisamente el sentido de la responsabilidad. Nos movemos en un ambiente en el que la rapidez y la comodidad son valores imperantes, y a veces llegamos a perder el norte en las cosas más básicas.
El niño, en cambio, sabe lo que quiere. Sobre todo, sabe lo que no quiere. Y cuando pronuncia el cacareado “¡no quiero!”, resulta francamente difícil hacerle cambiar de opinión (muchos recurren al soborno…). Enfocándolo en el ámbito de la coherencia, no dejan de ser un ejemplo a seguir.
El problema de hacernos mayores es que cada vez nos dejamos influenciar más por todo lo que nos rodea. Corremos el riesgo de acabar pensando como vivimos, en lugar de vivir como pensamos. No recuerdo dónde escuché esta frase por primera vez, pero lo cierto es que no importa de dónde provenga; lo principal es que está cargada de razón.
Crecer sin hacerse grande. ¿Cómo se consigue? No sé qué significado querrá darle el cantante, pero yo no termino de verlo claro. Creo que es imposible crecer sin hacerse grande. Invariablemente, cuando uno crece por dentro se nota por fuera: se nota en los ojos, porque uno aprende a ver más allá, y eso cambia la mirada; se nota en la forma de hablar; se nota en la expresión corporal… se nota, en definitiva, porque no crecer significaría disminuir, no hay término medio.
Yo sí quiero crecer, sí quiero llegar a ser grande, para ver las cosas desde más arriba y tener una perspectiva más amplia.
He intentado muchas veces entender a Peter Pan, pero he de confesar que no lo he conseguido. Peter quiere seguir siendo un niño para que nadie le exija responsabilidades, para poder seguir haciendo siempre lo que más le apetece sin que nadie se lo reproche, escondiéndose detrás de su abrigo de niño.
Congenio más con Wendy: con ella sí que me entiendo. Wendy sigue siendo una niña, pero no renuncia a hacerse mayor, y sabe sacarle el mejor partido a su edad. No se esconde, mantiene la espontaneidad de los niños y la conjuga con su papel de responsable en el extraño Nunca Jamás.
Pero yo no vivo en Nunca Jamás. Ni tampoco quiero hacerlo. Sí, reconozco que me da pena no poder volver a ser una niña, pero prefiero crecer y ver con nostalgia mi infancia antes que, por no tener la perspectiva de la edad y la madurez, no llegar a ser nunca consciente de que he sido pequeña.
jueves, 29 de mayo de 2008
TODOS INVESTIGAMOS

¿Qué es lo que ha de tener en cuenta un investigador, sobre todo en el ámbito de las Humanidades? El texto leído en el libro El taller de la filosofía nos muestra el panorama que se presenta ante quien se va a dedicar a escribir una tesis y, por extensión, ante todo aquel que emplea su tiempo en la búsqueda de nuevos horizontes.
El primer dato que cabe resaltar es la actitud más adecuada para la investigación: lo primero es aprender a mirar. Con esto no quiero decir que la mera observación sea suficiente para llegar a buen puerto. Miles de proyectos se han quedado en eso: en proyectos. La razón es que tendemos a crear castillos en el aire; tenemos muy buenas ideas, pero en multitud de ocasiones no ponemos los medios para que se conviertan en algo real. No me estoy refiriendo únicamente a grandes programas o ideales, como un proyecto de fin de carrera o un invento tecnológico revolucionario: normalmente nos quedamos a medias en las pequeñas cosas diarias, porque tenemos la sensación de que no llegamos. Cuántas veces hemos pensado: “de hoy no pasa: voy a lavar el coche a fondo, por dentro y por fuera”… y al final del día ni siquiera hemos llegado a coger un trapo. Y casos como éste hay multitud.
En la última parte del primer capítulo encontré una reflexión acerca del tiempo en relación con lo tratado en el párrafo anterior. Me gustaría destacar una idea: “En el desarrollo de la vida intelectual resulta indispensable aprender a conjugar (…) la actitud de espera y la actitud de búsqueda”[1]. La armonía entre ambas es posible, pero no fácil. Exige, por un lado, no pretender obtener resultados inmediatos, tener la paciencia necesaria. Y hemos de compaginar esa paciencia con el afán por aprender, por hallar cosas nuevas. Peirce afirmaba que la vida de la ciencia está en el deseo de aprender. Si hay algo que nos ha quedado claro es que, si falta la ambición por saber más, nunca se llegará a ser mejor.
Pero en la vida cotidiana vemos que no se da esa concordia, sino todo lo contrario, lo más frecuente es encontrar alguno de los dos extremos en la gente que nos rodea: hay personas que aspiran a cosechar los frutos de su trabajo sin apenas haber empleado tiempo en el cultivo. Vivimos en una era marcada por la información instantánea, la comodidad, la premura: lo mejor es lo que llega antes, lo más rápido. Las agencias de publicidad e información pretenden, ante todo, llegar las primeras para tener la primicia, y así poder ofrecer la mejor crónica. En este marco se encuadra nuestra sociedad: la rapidez no es algo malo, al contrario; pero lo que no podemos hacer es basar toda nuestra actuación y pensamiento en “ir deprisa”. Lo que resulta un serio error es echar la culpa de todo a “la sociedad”: no debemos olvidar que esa sociedad la formamos cada uno, cada persona en particular.
La actitud opuesta es la de aquellas personas que ni siquiera se plantean buscar algo: son los que “se dejan llevar por la vida“. Aunque sea contraria a lo anteriormente expuesto, en el fondo está causado por lo mismo: vamos tan rápido que no tenemos tiempo para reflexionar sobre el sentido de la propia vida. Nos abandonamos a las circunstancias en lugar de controlarlas porque le damos más importancia a lo accesorio, ya que no somos conscientes de lo radical de nuestra existencia.
Otra actitud fundamental es la ilusión. El diccionario define la ilusión como la esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. Si trasladamos esta noción al ámbito del trabajo y la investigación, podemos decir que el trabajo sin ilusión es como un libro en blanco: no tiene contenido, no hay nada del autor en él. El taller de la filosofía nos dice que en toda tesis hay algo de autobiográfico. Esto es porque el investigador deja parte de su vida en su trabajo.
Finalmente, me gustaría destacar que según sea la actitud tomada, así será el trabajo. Lo importante no es que el resultado sea brillante, sino que detrás de ese resultado haya un esfuerzo y un interés por parte de la persona, que es quien puede tomar una actitud.
[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p. 72.
miércoles, 28 de mayo de 2008
LA ELEGANCIA DEL ERIZO

(Reseña hecha para la asignatura de Lógica II: Metodología de la investigación en Filosofía.)
BARBERY, Muriel, La elegancia del erizo, Seix Barral, Barcelona, septiembre 2007, 367 páginas.
Muriel Barbery nació en Bayeux en 1969. Tras cursar la licenciatura en Filosofía en la École Normale Supérieure, desarrolló su labor docente en Francia. Su obra escrita es reducida, debido a su exclusiva dedicación a la enseñanza, como explica la propia Barbery; se reduce a algunas obras noveladas en las que trata de mostrar de un modo asequible las diferentes corrientes filosóficas, empleando para ello personajes que encarnan esas filosofías en sí mismos. Además de la reciente La elegancia del erizo, destaca otra obra, La golosina, con la que se dio a conocer en gran parte de Europa y en Norteamérica.
La elegancia del erizo es una obra ambientada en un elegante barrio del París de nuestros días. Toda la acción se desarrolla en el interior y los alrededores del lujoso edificio en el que viven las dos protagonistas: Renée y Paloma. El número 7 de la calle Grenelle es el escenario en el que se encuadran las vidas de ambas.
Renée Michel es la portera del inmueble. Desde la primera página deja ver al lector lo que constituye su máximo objetivo: quiere pasar desapercibida. Busca ocultar sus verdaderas aficiones e intereses bajo la apariencia de lo que ella considera que debe ser el prototipo de portera de una casa de ricos. Así, no deja que nadie sepa que le gusta el Arte o el cine de autor. No responde al paradigma de portera cincuentona y fracasada: es una experta en gramática, disfruta con la pintura holandesa del siglo XVII, las faltas de ortografía le hacen perder la paz, escucha a Eminem y a Mozart y lee a Tólstoi.
Paloma es una niña superdotada. A sus doce años, se ve rodeada por una familia en la que sólo importan la fama y la reputación. Su gran inteligencia le hace tener una sensibilidad especial para darse cuenta de lo que nadie más advierte. Ya al inicio del libro nos comunica su resolución: se suicidará antes de cumplir los trece, si no encuentra algo por lo que merezca la pena seguir viviendo. Por ello, comienza a escribir en un cuaderno sus “ideas profundas” y su “diario del movimiento de mundo”, desde los que transmite al lector todo lo que pasa por su privilegiada cabeza: sus pensamientos, sus reflexiones, sus observaciones…
Toda la obra está escrita en primera persona. Se alternan el diario de la portera y los escritos de la niña, de forma que todas las ideas que se comunican al lector parten de un sujeto conocido (aunque sea ficticio). Este hecho le da una fuerza especial al libro, y facilita que su lectura sea más personal, involucrando al lector desde la primera hasta la última página.
La autora abarca numerosos temas. Para tratar cada cuestión, emplea dos perspectivas que, aunque a primera vista puedan parecer muy diferentes, acaban por identificarse. Renée y Paloma son dos personas destinadas a otorgar una razón de ser la una a la otra.
Uno de los ámbitos en los que se centra es la muerte y el sentido de la vida. Realiza una crítica a la actitud estoicista de quienes creen que la vida no tiene nada especial. Pero esta crítica se realiza desde dentro, reflejándose en la evolución de personaje de Paloma: al inicio de la obra, su actitud muestra un cariz marcadamente crítico con todo lo que le rodea. Demuestra su desdén hacia todo aquello que no cuenta con su exigente aprobación, empezando por su propia familia: desprecia a su madre, una mujer de izquierdas que cree ciegamente en su psicoanalista y se esfuerza por mantener una postura correcta; desprecia a su padre, un político socialista preocupado por su posición social; desprecia profundamente a su hermana mayor, una estudiante de Filosofía a la que considera un ser orgulloso y vacío, llegando a afirmar que su hermana Colombe “no siente nada. Todos los sentimientos que demuestra son tan falsos, tan artificiales, que me pregunto si de verdad siente algo” (p. 91); desprecia a su maestra y a sus compañeros de clase; desprecia a sus vecinos… En definitiva: desprecia a la inmensa mayoría de las personas que forman parte de su vida. Pero en Renée y el misterioso japonés que aparece de repente encuentra a dos personas que le muestran que la vida cotidiana puede estar llena de cosas interesantes. La vida, por tanto, sí tiene un sentido: Paloma acabará diciéndole a Renée: “por usted, a partir de ahora, buscaré los siempres en los jamases. La belleza en este mundo” (p. 364). Así pues, es principalmente la belleza lo que da sentido a la vida.
Barbery realiza también una clara crítica a una sociedad burguesa plagada de tópicos y temas tabú que nadie se atreve a tocar. Para ello, se sirve del personaje de Renée: es ella misma quien parece no querer salirse de una serie de cánones impuestos por una sociedad con la que no se siente identificada. Se hará necesaria la llegada de un extranjero para que la portera se dé cuenta de que es posible destruir los estereotipos y cambiar toda una sociedad, aunque sea empezando por la comunidad de vecinos.
Otros temas abordados a lo largo del libro son la importancia de construir en lugar de destruir (pp. 121-126), el concepto de eternidad (pp. 275-280) o las diferentes definiciones del tiempo (pp. 304-307).
Hay algo más que llama poderosamente la atención fuera de lo que es el contenido del libro: su estructura. Frente a la organización general en capítulos o libros, Barbery nos sorprende con una disposición totalmente original, vertebrando los contenidos según la persona que los comunica, sin seguir un orden cronológico ni espacial. Destaca así que lo importante es lo que se dice y las palabras que se emplean, no la colocación de lo transmitido.
Por último, cabe destacar lo que considero que da más fuerza a la obra: su título. La elegancia del erizo no es una mera combinación de vocablos sonoros: la autora ha sabido representar en sólo cuatro palabras lo incluido en todo un libro. Es Renée quien da el título: en palabras de Paloma, “la señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos” (p. 157). Con estas palabras se explica la idea de fondo de la obra: un reproche a los tópicos que impiden el avance de las culturas, incluso en los ámbitos más refinados.
jueves, 22 de mayo de 2008
Y DESPUÉS, NADA

Resulta curiosa la noción que los niños tienen del futuro. Es fácil imaginarse la siguiente escena: entra un adulto en una clase de segundo de Primaria y pregunta a los alumnos qué quieren ser de mayores. Me atrevo a presuponer que la mayoría de las respuestas serán similares: futbolista, bombero, policía, bailarina, enfermera, piloto… Otro grupo, conformado por niños claramente influenciados por sus padres, preferirán ser abogados, empresarios o economistas, aunque ni siquiera tengan claro el significado de esas profesiones. No es extraño que a su contestación añadan, con cara seria, una frase que hace que a sus padres, materialmente, se les caiga la baba: “Yo quiero ser inginiero, como papá”.
Pero siempre existen excepciones. Esta misma escena tuvo lugar en mi clase cuando tenía ocho años. Cuando le llegó el turno a una compañera, dijo: “Yo de mayor quiero ser un ratón de biblioteca”. Cero que en ese momento no fui capaz de entender lo que significaba, pero el hecho es que me llamó la atención (prueba de ello es que aún me acuerdo). A la vuelta de los años, me he dado cuenta de lo que esa niña realmente deseaba: leer, leer sin parar durante horas, sin molestias de ningún tipo.
Hay gente con una extraordinaria capacidad de concentración. Son esas personas que, cuando leen un libro, no se enteran de nada más, y se les pasan las horas sin que ellas se den cuenta, como le ocurría a la protagonista de La Bella y la Bestia (“cuando lee no se acuerda de comer” , decían de ella). Pero para que existan personas así, un requisito previo es que haya libros que puedan absorber toda la atención del lector, obligándoles a olvidarse de todo lo que ocurre a su alrededor. Y para ello, resultan indispensables los buenos escritores.
La sabiduría popular suele dar grandes consejos en todos los ámbitos, y el del aprendizaje en la escritura no es una excepción. A andar en bici se aprende andando en bici; pues a escribir se aprende escribiendo. Se pueden seguir muchas pautas, y serán bienvenidas todas las sugerencias. Pero lo que más me ha llamado la atención de este capítulo de El taller de la filosofía es la reflexión acerca del orden y su influencia en la escritura.
El orden es un valor que no está de moda entre las nuevas generaciones. Es muy frecuente encontrar adolescentes que, orgullosamente, afirman que su habitación está hecha un desastre, por lo que su madre ha decidido no poner un pie en ella hasta que la ordene (cosa que, por supuesto, no hará). No obstante, el orden material no deja de ser una manifestación del orden mental o interno. Resulta inviable que uno tenga organizadas las cosas que le rodean si su cabeza es el paradigma del caos. No es necesario que nuestra mente sea como el interior de un ordenador, en donde todo tiene su clave de acceso, pero tampoco podemos permitir que la ausencia de un orden de valores repercuta negativamente en los que están a nuestro alrededor. Como en todos los casos, “in medio virtus”, ya que debemos ser organizados sabiendo “huir de la complicación” .
La cuestión es que el orden o el desorden de cada uno ejercen una fuerte influencia en la vida de los demás. Hace más de dos meses tuve la oportunidad de acudir a una lección magistral en la que se hablaba de la familia y su función en el ambiente actual. El conferenciante insistió mucho en el papel del matrimonio como base de la familia y, por extensión, de la sociedad en su totalidad. Cabe resaltar una idea que, aunque parezca sacada de contexto, pues hablaba de la relación entre el marido y la mujer, se puede extender a cualquier ámbito, ya que está unida a ese orden de prioridades que toda persona ha de tener claro: “primero, tú; después, tú; y después, nada”.
jueves, 15 de mayo de 2008
NO HAY MÁS QUE UNA

“La educación del carácter se desarrolla en torno a tres coordenadas interdependientes: (...) el corazón, (...) la asertividad (...) y el amor a la libertad”[1]. Hablar del papel del corazón en la educación remite a una imagen de la que no se puede prescindir al tocar este tema: la madre.
Una madre es el refugio: desde que una persona comienza a existir, depende totalmente de su madre. Cuántas veces hemos visto en un documental situaciones en las que la medre, nada más nacer sus hijos, los deja solos. En primera instancia nos resulta extraño, por mucho que sepamos que eso es lo natural en ciertos animales. Esta reacción es propia de la condición humana: nunca terminamos de entender que una madre no proteja a su hijo, y menos aún cuando está indefenso.
Una madre es magnánima: aunque tenga que hacer el pino puente para saber hasta dónde puede comprar, nunca hace cálculos en lo que se refiere a darse ella. Se le podría aplicar aquella expresión: “La respuesta es sí; ¿cuál es la pregunta?” Y por mucho que repita el no puedo más que todas las madres emplean, no duda en levantarse a la hora que sea porque otro lo necesita, lo mismo da si es un bebé de pocos meses o un hombretón de treinta años, porque ella es su madre.
Una madre es un genio: sólo ella es capaz de convertir la odiada ducha de las tardes en un inmenso océano lleno de posibilidades para el niño-barco. Eso sí, luego es ella la que seca el suelo para que no se resbale el que llega detrás. Y es la única que puede transformar las zanahorias, el puerro y el calabacín en un brebaje mágico que hará que la niña crezca hasta ser tan alta como su padre.
Una madre es adivina: sabe antes que nadie lo que le pasa a su hijo, aunque ni siquiera haya hablado con él. Con una simple mirada le basta para darse cuenta de que algo ocurre, sea bueno o malo. Porque siempre es ella la que primero se entera de que falta un sitio en la mesa, de que el pequeño ha perdido el partido de fútbol y de que a su marido le han subido el sueldo antes de que nadie diga nada. De hecho, darle una sorpresa a una madre es toda una hazaña: al final lo sabe todo, por mucho que se haya intentado mantener el secreto. Conoce a los suyos, y para llegar hasta esos rincones que ellos pretenden esconder, se rige por la famosa sentencia de Aníbal: “Hallaré un camino, o me lo abriré”. Y, de algún modo u otro, siempre consigue abrírselo.
Una madre es comprensiva, en el sentido más fuerte de la palabra: es la única que puede enfadarse con su hija porque no va bien vestida y, aunque parezca que ha perdido los estribos, arregla la situación yéndose de compras con la niña. Es capaz de exigir a sus hijos sin exasperarles, porque siempre añade el ingrediente de la paciencia. “Es indispensable que el director exija”[2] a la hora de escribir una tesis, y es imprescindible que una madre exija a la hora de aprender a vivir. La pena es que tengan que pasar los años hasta que aquella adolescente a la que nadie comprendía se dé cuenta de lo mucho que la entendía su madre.
Una madre es mágica: ella siempre está. No importa a qué hora o dónde se la busque: parece tener el don de la bilocación (o multilocación, si es que se puede expresar así), porque siempre se la encuentra donde se la necesita.
Y una madre es guapa. La más guapa. Las arrugas de su cara son la huella de todas las sonrisas que ha esbozado: cuanto más profunda es la arruga, más grande ha sido la sonrisa que la ha provocado, y tal vez por eso más le ha costado sonreír. Ella cumple a la perfección aquella frase de Rousseau que decía que la persona que más ha vivido no es aquella que más años ha cumplido, sino la que más ha experimentado la vida.
Entre una persona y su madre existe el vínculo más fuerte que se pueda dar. “La relación básica entre los seres humanos es la confianza, y la confianza no se impone, sino que se inspira”[3]. En el caso de una madre y su hijo, esa confianza existe desde el primer principio. Lo que hay entre ambos apenas se puede definir: al fin y al cabo, una madre es una madre.
miércoles, 7 de mayo de 2008
EL MAR
Es grande. Inmenso. Por mucho que lo mires, nunca podrás abarcarlo del todo, porque te supera. Muchas veces nos ceñimos a lo que pasa aquí fuera, sin pararnos a pensar que debajo de él hay vida, muchísima vida. No en vano ocupa más de la mitad de nuestro planeta. Miles de animales, de plantas, de bichejos de todo tipo se mueven en sus aguas, ajenos a todo lo que ocurre en esa parte del mundo en la que hay aire. Es verde. Y negro. Y gris. Y morado. Y marrón. Y a veces es hasta rojo. Pero, sobre todo, es azul. Por ahí se dice que sus cambios de color se deben a que refleja el color del cielo. Pero yo no me lo creo. Prefiero pensar que el mar tiene vida propia, y según tenga el día, se viste de un modo o de otro. Como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, que defendía la existencia de los días rojos, esos en los que “de repente tienes miedo, y no sabes por qué”.
El mar impone, eso es cierto. Da miedo porque es desconocido, porque no podemos explicar todo lo que pasa en él, simplemente, porque no lo vemos. Cuando eres pequeño y vas a la playa, los mayores no te dejan ir a las rocas, porque una ola te puede lanzar contra ellas, y eso es peligroso. Pero al crecer te das cuenta de que las rocas no hacen daño, pues no dejan de ser el “suelo del agua”.
El auténtico temor se pasa cuando descarga toda su furia. Porque el mar es un caballero refinado que sabe defender lo que de él depende. Cuando superas los límites que ha marcado, decide reconquistar su territorio, y te expulsa, aunque para ello no emplee buenas maneras. Y te lanza esas olas inmensas que estremecen al más viejo lobo de mar.
Siempre he querido vivir cerca del mar.
Por eso ahora lo echo de menos.
miércoles, 30 de abril de 2008
¿HAY AGUA?
En la actualidad se tiende a catalogar a los jóvenes como una generación sin ideales, conformistas, ilusos. Y yo no estoy de acuerdo.
No somos conformistas. Me viene a la memoria un anuncio de televisión en el que una entidad bancaria promocionaba su obra social. Salían jóvenes que, “aparentemente” (como decía una voz en off), no hacían nada por los demás. Pero, enseguida, ese mismo chico que escuchaba música soltaba los cascos para ayudar a una embarazada; aquella joven con rastas se daba la vuelta para dirigirse a la mesa en la que jugaban niños enfermos; el otro empujaba a un anciano en silla de ruedas… Me gustó mucho ese spot: era una especie de denuncia, un bofetón dirigido a aquellas personas que creen que los jóvenes, “aparentemente”, no tenemos nada que hacer.
Hace pocos días, una amiga me decía que “lo importante de la vida es decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión, y vivir lo que decimos con el corazón”. Resulta curioso ver cómo en una frase tan breve se puede resumir todo un programa de vida. Porque ser espontáneo no está reñido con ser reflexivo. La espontaneidad no es decir lo primero que a uno se le viene a la cabeza; lo identifico, más bien, con la naturalidad y la sencillez. Y la reflexión no es ir con un libro permanentemente bajo el brazo sin hacer nada más, como algunos opinan; la persona reflexiva es aquella que pondera todas las posibilidades y actúa consecuentemente con sus decisiones.
De la misma manera, lo que se vive y lo que se dice no tienen por qué ser opuestos: al contrario, deben identificarse. Decir la verdad es “una honda aspiración a que la veracidad y la transparencia presidan siempre todas nuestras relaciones y la organización misma de la sociedad”[1]. Por tanto, si la verdad no se aplica a la vida de cada uno no tiene ningún sentido.
Pertenezco a una generación que, en el fondo, busca siempre la verdad, aunque a veces haya personas que se queden en la superficie. Me gusta comparar la vida humana con un yacimiento arqueológico. Al principio sólo hay tierra, arena, polvo. Hace falta excavar. Y de pronto, un día, se encuentra un arcón viejo y oxidado con objetos de incalculable valor en su interior, lo que demuestra que la investigación va por buen camino. Pues la vida es igual. En nuestro día a día parece que no hay nada extraordinario, e incluso “olvidamos las pequeñas alegrías por lograr la gran felicidad”[2], como dice la canción. Pero llega un momento en el que se aprende a ver un poco más allá, se encuentra el tesoro. Y es cada uno quien debe descubrir qué contiene ese arcón.
Los jóvenes no hemos perdido la ilusión. Puede que, simplemente, nos la hayan quitado, o no nos dejen verla, o se empeñen en disuadirnos de la idea de buscarla. Se nos tacha de ser personas que no nos mojamos; pero, ¿cómo vamos a hacerlo, si nos impiden llegar hasta el agua?
El general estadounidense Douglas McArthur dijo una vez: “Nadie envejece sólo por vivir muchos años. Tú eres tan joven como tu fe, tan viejo como tus dudas; tan joven como tu confianza, tan viejo como tu miedo; tan joven como tu esperanza, tan viejo como tu desesperanza”. Lo característico de la juventud es la fe, la esperanza, la confianza. Somos personas que ya hemos vivido muchas cosas, pero nos quedan todavía más por experimentar: estamos entre la ingenuidad del niño y la desconfianza de ese adulto que cree que ya no le queda nada nuevo por ver.
Una vez oí decir a un profesor que quien está de vuelta de todo ya no aprende, porque ha perdido la capacidad de asombrarse ante lo novedoso[3]. Y me niego a pensar que estoy rodeada de personas que ya no pueden aprender. “La búsqueda de la verdad (…) está marcada de ordinario por la tenacidad o persistencia que no se conforma con un resultado cualquiera”[4]. Nosotros somos, como no se cansan de decirnos, el futuro de la sociedad; y ese futuro debe estar determinado por la permanente aspiración a hallar lo mejor y poder transmitírselo a los demás.
[1]J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p.100.
[2]A. Ubago, Fantasía o realidad, 2003.
[3]Cfr. R. Alvira.
[4]J. Nubiola, El taller de la filosofía, p. 109.
EMPEZAMOS...
Supongo que debería empezar este blog con una entrada alucinante, de esas que hacen que a todo el mundo quiera entrar a diario… o también podría dar el pistoletazo de salida con una frase impresionante, de las que te hacen pensar durante un buen rato y marcan todo lo que escriba después… pero no voy a hacer nada de eso. Puede que parezca poco original, pero prefiero que lo primero que leáis sea una presentación.
Soy Macarena Villalobos (aunque eso ya aparezca ahí, en el margen), y estoy en el primer curso de Filosofía. Sí, formo parte de esa extraña panda de colgados que están dispuestos a tirarse cuatro años de su vida dedicándose a… ¿a qué nos dedicamos? Aún no lo tengo muy claro, pero el caso es que me encanta.
La razón de ser de este blog viene de lejos. Ya hacía tiempo que quería tener uno, pero la excusa perfecta ha venido de la mano de una asignatura, en la que el profesor pide como posible trabajo la apertura de un blog, así que aquí estamos.
¿Por qué vadea el escollo? Podría dar muchos “porques”: porque otros nombres que me gustaban no estaban disponibles, porque estoy lejos del mar y lo echo un montón de menos, porque la palabra escollo siempre me ha llamado la atención… Pero, sobre todo, porque todos nos encontramos con dificultades que nos parecen inmensas vista desde nuestro barco, y tenemos la impresión de que no podemos superarlas; pero al final vemos que en el barco hay una tripulación que, trabajando en equipo, hace que cualquier tipo de escollo se pueda vadear.