
¿Qué es lo que ha de tener en cuenta un investigador, sobre todo en el ámbito de las Humanidades? El texto leído en el libro El taller de la filosofía nos muestra el panorama que se presenta ante quien se va a dedicar a escribir una tesis y, por extensión, ante todo aquel que emplea su tiempo en la búsqueda de nuevos horizontes.
El primer dato que cabe resaltar es la actitud más adecuada para la investigación: lo primero es aprender a mirar. Con esto no quiero decir que la mera observación sea suficiente para llegar a buen puerto. Miles de proyectos se han quedado en eso: en proyectos. La razón es que tendemos a crear castillos en el aire; tenemos muy buenas ideas, pero en multitud de ocasiones no ponemos los medios para que se conviertan en algo real. No me estoy refiriendo únicamente a grandes programas o ideales, como un proyecto de fin de carrera o un invento tecnológico revolucionario: normalmente nos quedamos a medias en las pequeñas cosas diarias, porque tenemos la sensación de que no llegamos. Cuántas veces hemos pensado: “de hoy no pasa: voy a lavar el coche a fondo, por dentro y por fuera”… y al final del día ni siquiera hemos llegado a coger un trapo. Y casos como éste hay multitud.
En la última parte del primer capítulo encontré una reflexión acerca del tiempo en relación con lo tratado en el párrafo anterior. Me gustaría destacar una idea: “En el desarrollo de la vida intelectual resulta indispensable aprender a conjugar (…) la actitud de espera y la actitud de búsqueda”[1]. La armonía entre ambas es posible, pero no fácil. Exige, por un lado, no pretender obtener resultados inmediatos, tener la paciencia necesaria. Y hemos de compaginar esa paciencia con el afán por aprender, por hallar cosas nuevas. Peirce afirmaba que la vida de la ciencia está en el deseo de aprender. Si hay algo que nos ha quedado claro es que, si falta la ambición por saber más, nunca se llegará a ser mejor.
Pero en la vida cotidiana vemos que no se da esa concordia, sino todo lo contrario, lo más frecuente es encontrar alguno de los dos extremos en la gente que nos rodea: hay personas que aspiran a cosechar los frutos de su trabajo sin apenas haber empleado tiempo en el cultivo. Vivimos en una era marcada por la información instantánea, la comodidad, la premura: lo mejor es lo que llega antes, lo más rápido. Las agencias de publicidad e información pretenden, ante todo, llegar las primeras para tener la primicia, y así poder ofrecer la mejor crónica. En este marco se encuadra nuestra sociedad: la rapidez no es algo malo, al contrario; pero lo que no podemos hacer es basar toda nuestra actuación y pensamiento en “ir deprisa”. Lo que resulta un serio error es echar la culpa de todo a “la sociedad”: no debemos olvidar que esa sociedad la formamos cada uno, cada persona en particular.
La actitud opuesta es la de aquellas personas que ni siquiera se plantean buscar algo: son los que “se dejan llevar por la vida“. Aunque sea contraria a lo anteriormente expuesto, en el fondo está causado por lo mismo: vamos tan rápido que no tenemos tiempo para reflexionar sobre el sentido de la propia vida. Nos abandonamos a las circunstancias en lugar de controlarlas porque le damos más importancia a lo accesorio, ya que no somos conscientes de lo radical de nuestra existencia.
Otra actitud fundamental es la ilusión. El diccionario define la ilusión como la esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. Si trasladamos esta noción al ámbito del trabajo y la investigación, podemos decir que el trabajo sin ilusión es como un libro en blanco: no tiene contenido, no hay nada del autor en él. El taller de la filosofía nos dice que en toda tesis hay algo de autobiográfico. Esto es porque el investigador deja parte de su vida en su trabajo.
Finalmente, me gustaría destacar que según sea la actitud tomada, así será el trabajo. Lo importante no es que el resultado sea brillante, sino que detrás de ese resultado haya un esfuerzo y un interés por parte de la persona, que es quien puede tomar una actitud.
[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p. 72.
