jueves, 29 de mayo de 2008

TODOS INVESTIGAMOS



¿Qué es lo que ha de tener en cuenta un investigador, sobre todo en el ámbito de las Humanidades? El texto leído en el libro El taller de la filosofía nos muestra el panorama que se presenta ante quien se va a dedicar a escribir una tesis y, por extensión, ante todo aquel que emplea su tiempo en la búsqueda de nuevos horizontes.

El primer dato que cabe resaltar es la actitud más adecuada para la investigación: lo primero es aprender a mirar. Con esto no quiero decir que la mera observación sea suficiente para llegar a buen puerto. Miles de proyectos se han quedado en eso: en proyectos. La razón es que tendemos a crear castillos en el aire; tenemos muy buenas ideas, pero en multitud de ocasiones no ponemos los medios para que se conviertan en algo real. No me estoy refiriendo únicamente a grandes programas o ideales, como un proyecto de fin de carrera o un invento tecnológico revolucionario: normalmente nos quedamos a medias en las pequeñas cosas diarias, porque tenemos la sensación de que no llegamos. Cuántas veces hemos pensado: “de hoy no pasa: voy a lavar el coche a fondo, por dentro y por fuera”… y al final del día ni siquiera hemos llegado a coger un trapo. Y casos como éste hay multitud.

En la última parte del primer capítulo encontré una reflexión acerca del tiempo en relación con lo tratado en el párrafo anterior. Me gustaría destacar una idea: “En el desarrollo de la vida intelectual resulta indispensable aprender a conjugar (…) la actitud de espera y la actitud de búsqueda”[1]. La armonía entre ambas es posible, pero no fácil. Exige, por un lado, no pretender obtener resultados inmediatos, tener la paciencia necesaria. Y hemos de compaginar esa paciencia con el afán por aprender, por hallar cosas nuevas. Peirce afirmaba que la vida de la ciencia está en el deseo de aprender. Si hay algo que nos ha quedado claro es que, si falta la ambición por saber más, nunca se llegará a ser mejor.

Pero en la vida cotidiana vemos que no se da esa concordia, sino todo lo contrario, lo más frecuente es encontrar alguno de los dos extremos en la gente que nos rodea: hay personas que aspiran a cosechar los frutos de su trabajo sin apenas haber empleado tiempo en el cultivo. Vivimos en una era marcada por la información instantánea, la comodidad, la premura: lo mejor es lo que llega antes, lo más rápido. Las agencias de publicidad e información pretenden, ante todo, llegar las primeras para tener la primicia, y así poder ofrecer la mejor crónica. En este marco se encuadra nuestra sociedad: la rapidez no es algo malo, al contrario; pero lo que no podemos hacer es basar toda nuestra actuación y pensamiento en “ir deprisa”. Lo que resulta un serio error es echar la culpa de todo a “la sociedad”: no debemos olvidar que esa sociedad la formamos cada uno, cada persona en particular.

La actitud opuesta es la de aquellas personas que ni siquiera se plantean buscar algo: son los que “se dejan llevar por la vida“. Aunque sea contraria a lo anteriormente expuesto, en el fondo está causado por lo mismo: vamos tan rápido que no tenemos tiempo para reflexionar sobre el sentido de la propia vida. Nos abandonamos a las circunstancias en lugar de controlarlas porque le damos más importancia a lo accesorio, ya que no somos conscientes de lo radical de nuestra existencia.

Otra actitud fundamental es la ilusión. El diccionario define la ilusión como la esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. Si trasladamos esta noción al ámbito del trabajo y la investigación, podemos decir que el trabajo sin ilusión es como un libro en blanco: no tiene contenido, no hay nada del autor en él. El taller de la filosofía nos dice que en toda tesis hay algo de autobiográfico. Esto es porque el investigador deja parte de su vida en su trabajo.

Finalmente, me gustaría destacar que según sea la actitud tomada, así será el trabajo. Lo importante no es que el resultado sea brillante, sino que detrás de ese resultado haya un esfuerzo y un interés por parte de la persona, que es quien puede tomar una actitud.


[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, p. 72.

miércoles, 28 de mayo de 2008

LA ELEGANCIA DEL ERIZO



(Reseña hecha para la asignatura de Lógica II: Metodología de la investigación en Filosofía.)


BARBERY, Muriel, La elegancia del erizo, Seix Barral, Barcelona, septiembre 2007, 367 páginas.


Muriel Barbery nació en Bayeux en 1969. Tras cursar la licenciatura en Filosofía en la École Normale Supérieure, desarrolló su labor docente en Francia. Su obra escrita es reducida, debido a su exclusiva dedicación a la enseñanza, como explica la propia Barbery; se reduce a algunas obras noveladas en las que trata de mostrar de un modo asequible las diferentes corrientes filosóficas, empleando para ello personajes que encarnan esas filosofías en sí mismos. Además de la reciente La elegancia del erizo, destaca otra obra, La golosina, con la que se dio a conocer en gran parte de Europa y en Norteamérica.


La elegancia del erizo
es una obra ambientada en un elegante barrio del París de nuestros días. Toda la acción se desarrolla en el interior y los alrededores del lujoso edificio en el que viven las dos protagonistas: Renée y Paloma. El número 7 de la calle Grenelle es el escenario en el que se encuadran las vidas de ambas.


Renée Michel es la portera del inmueble. Desde la primera página deja ver al lector lo que constituye su máximo objetivo: quiere pasar desapercibida. Busca ocultar sus verdaderas aficiones e intereses bajo la apariencia de lo que ella considera que debe ser el prototipo de portera de una casa de ricos. Así, no deja que nadie sepa que le gusta el Arte o el cine de autor. No responde al paradigma de portera cincuentona y fracasada: es una experta en gramática, disfruta con la pintura holandesa del siglo XVII, las faltas de ortografía le hacen perder la paz, escucha a Eminem y a Mozart y lee a Tólstoi.


Paloma es una niña superdotada. A sus doce años, se ve rodeada por una familia en la que sólo importan la fama y la reputación. Su gran inteligencia le hace tener una sensibilidad especial para darse cuenta de lo que nadie más advierte. Ya al inicio del libro nos comunica su resolución: se suicidará antes de cumplir los trece, si no encuentra algo por lo que merezca la pena seguir viviendo. Por ello, comienza a escribir en un cuaderno sus “ideas profundas” y su “diario del movimiento de mundo”, desde los que transmite al lector todo lo que pasa por su privilegiada cabeza: sus pensamientos, sus reflexiones, sus observaciones…


Toda la obra está escrita en primera persona. Se alternan el diario de la portera y los escritos de la niña, de forma que todas las ideas que se comunican al lector parten de un sujeto conocido (aunque sea ficticio). Este hecho le da una fuerza especial al libro, y facilita que su lectura sea más personal, involucrando al lector desde la primera hasta la última página.


La autora abarca numerosos temas. Para tratar cada cuestión, emplea dos perspectivas que, aunque a primera vista puedan parecer muy diferentes, acaban por identificarse. Renée y Paloma son dos personas destinadas a otorgar una razón de ser la una a la otra.


Uno de los ámbitos en los que se centra es la muerte y el sentido de la vida. Realiza una crítica a la actitud estoicista de quienes creen que la vida no tiene nada especial. Pero esta crítica se realiza desde dentro, reflejándose en la evolución de personaje de Paloma: al inicio de la obra, su actitud muestra un cariz marcadamente crítico con todo lo que le rodea. Demuestra su desdén hacia todo aquello que no cuenta con su exigente aprobación, empezando por su propia familia: desprecia a su madre, una mujer de izquierdas que cree ciegamente en su psicoanalista y se esfuerza por mantener una postura correcta; desprecia a su padre, un político socialista preocupado por su posición social; desprecia profundamente a su hermana mayor, una estudiante de Filosofía a la que considera un ser orgulloso y vacío, llegando a afirmar que su hermana Colombe “no siente nada. Todos los sentimientos que demuestra son tan falsos, tan artificiales, que me pregunto si de verdad siente algo” (p. 91); desprecia a su maestra y a sus compañeros de clase; desprecia a sus vecinos… En definitiva: desprecia a la inmensa mayoría de las personas que forman parte de su vida. Pero en Renée y el misterioso japonés que aparece de repente encuentra a dos personas que le muestran que la vida cotidiana puede estar llena de cosas interesantes. La vida, por tanto, sí tiene un sentido: Paloma acabará diciéndole a Renée: “por usted, a partir de ahora, buscaré los siempres en los jamases. La belleza en este mundo” (p. 364). Así pues, es principalmente la belleza lo que da sentido a la vida.


Barbery realiza también una clara crítica a una sociedad burguesa plagada de tópicos y temas tabú que nadie se atreve a tocar. Para ello, se sirve del personaje de Renée: es ella misma quien parece no querer salirse de una serie de cánones impuestos por una sociedad con la que no se siente identificada. Se hará necesaria la llegada de un extranjero para que la portera se dé cuenta de que es posible destruir los estereotipos y cambiar toda una sociedad, aunque sea empezando por la comunidad de vecinos.


Otros temas abordados a lo largo del libro son la importancia de construir en lugar de destruir (pp. 121-126), el concepto de eternidad (pp. 275-280) o las diferentes definiciones del tiempo (pp. 304-307).


Hay algo más que llama poderosamente la atención fuera de lo que es el contenido del libro: su estructura. Frente a la organización general en capítulos o libros, Barbery nos sorprende con una disposición totalmente original, vertebrando los contenidos según la persona que los comunica, sin seguir un orden cronológico ni espacial. Destaca así que lo importante es lo que se dice y las palabras que se emplean, no la colocación de lo transmitido.


Por último, cabe destacar lo que considero que da más fuerza a la obra: su título. La elegancia del erizo no es una mera combinación de vocablos sonoros: la autora ha sabido representar en sólo cuatro palabras lo incluido en todo un libro. Es Renée quien da el título: en palabras de Paloma, “la señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos” (p. 157). Con estas palabras se explica la idea de fondo de la obra: un reproche a los tópicos que impiden el avance de las culturas, incluso en los ámbitos más refinados.