jueves, 15 de mayo de 2008

NO HAY MÁS QUE UNA


“La educación del carácter se desarrolla en torno a tres coordenadas interdependientes: (...) el
corazón, (...) la asertividad (...) y el amor a la libertad[1]. Hablar del papel del corazón en la educación remite a una imagen de la que no se puede prescindir al tocar este tema: la madre.

Una madre es el refugio: desde que una persona comienza a existir, depende totalmente de su madre. Cuántas veces hemos visto en un documental situaciones en las que la medre, nada más nacer sus hijos, los deja solos. En primera instancia nos resulta extraño, por mucho que sepamos que eso es lo natural en ciertos animales. Esta reacción es propia de la condición humana: nunca terminamos de entender que una madre no proteja a su hijo, y menos aún cuando está indefenso.

Una madre es magnánima: aunque tenga que hacer el pino puente para saber hasta dónde puede comprar, nunca hace cálculos en lo que se refiere a darse ella. Se le podría aplicar aquella expresión: “La respuesta es sí; ¿cuál es la pregunta?” Y por mucho que repita el no puedo más que todas las madres emplean, no duda en levantarse a la hora que sea porque otro lo necesita, lo mismo da si es un bebé de pocos meses o un hombretón de treinta años, porque ella es su madre.

Una madre es un genio: sólo ella es capaz de convertir la odiada ducha de las tardes en un inmenso océano lleno de posibilidades para el niño-barco. Eso sí, luego es ella la que seca el suelo para que no se resbale el que llega detrás. Y es la única que puede transformar las zanahorias, el puerro y el calabacín en un brebaje mágico que hará que la niña crezca hasta ser tan alta como su padre.

Una madre es adivina: sabe antes que nadie lo que le pasa a su hijo, aunque ni siquiera haya hablado con él. Con una simple mirada le basta para darse cuenta de que algo ocurre, sea bueno o malo. Porque siempre es ella la que primero se entera de que falta un sitio en la mesa, de que el pequeño ha perdido el partido de fútbol y de que a su marido le han subido el sueldo antes de que nadie diga nada. De hecho, darle una sorpresa a una madre es toda una hazaña: al final lo sabe todo, por mucho que se haya intentado mantener el secreto. Conoce a los suyos, y para llegar hasta esos rincones que ellos pretenden esconder, se rige por la famosa sentencia de Aníbal: “Hallaré un camino, o me lo abriré”. Y, de algún modo u otro, siempre consigue abrírselo.

Una madre es comprensiva, en el sentido más fuerte de la palabra: es la única que puede enfadarse con su hija porque no va bien vestida y, aunque parezca que ha perdido los estribos, arregla la situación yéndose de compras con la niña. Es capaz de exigir a sus hijos sin exasperarles, porque siempre añade el ingrediente de la paciencia. “Es indispensable que el director exija”[2] a la hora de escribir una tesis, y es imprescindible que una madre exija a la hora de aprender a vivir. La pena es que tengan que pasar los años hasta que aquella adolescente a la que nadie comprendía se dé cuenta de lo mucho que la entendía su madre.

Una madre es mágica: ella siempre está. No importa a qué hora o dónde se la busque: parece tener el don de la bilocación (o multilocación, si es que se puede expresar así), porque siempre se la encuentra donde se la necesita.

Y una madre es guapa. La más guapa. Las arrugas de su cara son la huella de todas las sonrisas que ha esbozado: cuanto más profunda es la arruga, más grande ha sido la sonrisa que la ha provocado, y tal vez por eso más le ha costado sonreír. Ella cumple a la perfección aquella frase de Rousseau que decía que la persona que más ha vivido no es aquella que más años ha cumplido, sino la que más ha experimentado la vida.

Entre una persona y su madre existe el vínculo más fuerte que se pueda dar. “La relación básica entre los seres humanos es la confianza, y la confianza no se impone, sino que se inspira”[3]. En el caso de una madre y su hijo, esa confianza existe desde el primer principio. Lo que hay entre ambos apenas se puede definir: al fin y al cabo, una madre es una madre.


[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía, EUNSA, Pamplona, 2006, pp. 190-191.

[2] J. Nubiola, El taller de la filosofía, p. 193.

[3] J. Nubiola, El taller de la filosofía, p. 201.